martes, 13 de septiembre de 2011
2do capítulo de una trucha minibiografía sobre mí: Kitty
Desde el pasillo de la escuela nos miraba, muerta de miedo. Tenía el pelo largo y rubio, y una cara tan preciosa que enseguida despertó la envidia en varias de mis compañeras. “Debe ser muy tonta, porque es rubia y además es inglesa”, cuchicheaban algunas. Recuerdo que una seguro dijo “Las Malvinas son argentinas”. Lo único que yo opiné era que parecía alguien interesante de conocer. Y resultó siendo la amiga más genial que tengo hasta este momento. Kitty Ninon Anais Faingold tiene madre inglesa y padre mendocino, acababa de llegar al país y no quería, de ninguna manera, ingresar a nuestra escuela. Es tan sensible que me imagino que sintió las miradas y los comentarios que hacían todos a su alrededor; los chicos embelesados, las chicas hasta el cuello de celos. Empecé a conocerla, a quedarme a dormir en su casa; a los pocos meses ya hablaba un español bastante bueno y me enamoré platónicamente de ella. Cuando en las noches dormíamos juntas, en una suerte de posición que llamábamos “pies a cabeza” (sus pies al lado de mi cabeza y los míos de la suya) hablábamos horas y horas sobre muchas cosas, sobre música, libros, gente, y nos decíamos mutuamente que si alguna de las dos hubiese nacido hombre, habríamos tenido una relación perfecta. No era una amistad convencional. No nos propiciábamos demasiadas caricias, no teníamos absolutamente ningún otro amigo, y creábamos películas independientes las cuales creemos (ambas) que hoy en día serían un éxito tremendo. A los dieciséis años, jugando al Scrabble, una de las dos formó la palabra “Ráyese”; nos resultó tan graciosa que la unimos a la palabra “señora”. Así se formó nuestro primer y único disco, “Ráyese, señora”, y el nombre de nuestra banda, “Quiff” (pedo vaginal, según Cartman de South Park, que no veíamos nunca pero vimos ese capítulo y nos quedó grabado para siempre). El único “single” que creamos, ayudadas por el padre músico de Kitty, se llamó “No lo toques a eso”, donde hablábamos como una mujer despechada que encontró a su novio engañándola con otra chica. Nada tenía sentido, pero nos divertíamos como locas; terminamos produciendo una canción bastante buena, criticando el pop que tanto nos gusta ahora pero que en aquél entonces era poco cool; Britney Spears, los Backstreet Boys, ‘NSync, etc. Creábamos una radio, con ayuda de una casetera vieja que tenían mis padres, y grabábamos encima de los cassettes de Serrat un “top ten” de música pop y un programa de encuestas y de premios. Las películas eran lo más divertido; a Kitty le prestaban una cámara que colocábamos estratégicamente en algún lugar de manera que nos filmara a las dos; “La Mano del Cirujano Asesino” fue una de las mejores que hicimos. También filmamos un programa para antes de ir a dormir, tan bizarro como inexplicable, donde nos llamábamos Chris y Tina, y aconsejábamos al espectador una serie de cosas que son fundamentales antes de acostarse. Una vez su familia me invitó a Maitencillos, en Chile, y fue la primera vez que incluimos a otro personaje en una de nuestras producciones; la atónita y a la vez halagada empleada que limpiaba la cabaña tuvo que fingir que aquella mañana había ido la policía y habían hablado de un cuerpo hallado en la playa. Como fue la única a la que nos animamos a pedirle que participara, filmábamos desde muy lejos y con un zoom tremendo a cualquier pareja o grupo que viéramos hablando, y hacíamos las voces hablando del asesinato en sí y de todos sus pormenores. Una vez escribimos un cuento juntas, las dos sentadas a la computadora, donde nos la pasábamos inventándonos que teníamos dieciocho años y nos metíamos a salas de chat pretendiendo buscar pareja. En el cuento había un personaje, Alhuk, y dos chicas (creo) y en un momento el cuento se puso un poco erótico; recuerdo bien la escena, la chica estaba sentada y sin nada arriba en las piernas del chico, besándolo. Yo sentía una excitación muy fuerte, difícil de controlar, no sé si a Kitty le pasó lo mismo pero dejamos a un lado el cuento. Todo esto nos causaba mucha risa y nos revolcábamos en la arena, Kitty con sus ojos celestes que nunca dejaban de maravillarme y yo feliz de haber encontrado a la primera persona que me entendía, que era como yo. Para nuestros cumpleaños nos regalábamos cassettes grabados que contenían canciones desde Cher a Thalía, pasando por Groove Armada y Five. A veces veíamos películas de porno soft en The Film Zone, de esas donde aparece en la parte inferior de la pantalla que es momento de colocarse los anteojos 3D, riéndonos con una risa nerviosa y mirándonos de reojo, y aquí va algo que nunca le conté a Kitty; me excitaba con esas tontas escenas de sexo y a veces le decía que iba al baño y me masturbaba rápidamente en mi habitación, y después volvía lo más campante. Era raro, no me atraía ella sexualmente ni tampoco las mujeres u hombres que aparecían en la película, creo que era ver algo que supuestamente teníamos prohibido, algo que al fin y al cabo me causaba más risa que excitación. Ella tenía trece años y yo catorce cuando tuvimos nuestros primeros novios. Eran dos amigos que vivían en su barrio, se llamaban Fernando y Marco (nos reíamos mucho porque se llamaba Marco y no Marcos) y tiramos una moneda al aire para ver quién se quedaba con quién. A mí me tocó Fernando, que era el que nos gustaba a las dos. Después de haber elegido, nos llevaron a caminar por el barrio de la mano, y lo más tierno de todo es que ellos no se dieron cuenta, pero nosotras también estábamos cogidas de la mano, como en una comunión eterna, que ningún hombre iba a corromper jamás. Más tarde trataron de darnos un beso y sentimos tanto asco que tuvimos que excusarnos e irnos. Y eso que habíamos practicado mucho con nuestros brazos (no entre nosotras). Esa noche me quedé a dormir con Kitty, y al día siguiente se presentaron Fernando y Marco engalanados y con flores. Ella se hizo de tripas corazón, y salió al balcón y les dijo a los dos que ya no queríamos estar con ellos. Cuando volvíamos de la escuela, todos los días, nos escribíamos mails con mucho color en letra y fondo usando Outlook Express (ninguna de las dos tenía cuenta en Hotmail ni nada) sobre cómo había sido el día, lo que habíamos sentido las cosas que nos habían gustado y las que no. Creo que si nunca hubiesen habido más hombres en nuestras vidas, habríamos cumplido nuestro pacto, que era casarnos si las dos seguíamos solas a los cuarenta años. Kitty es, toda ella, un placer. Tiene una cara muy nórdica, los ojos rasgados y de un celeste límpido y brillante, una sonrisa amable y unas pecas que cuando era más chica odiaba y con las cuales se fue amigando. Estudió arte y pinta como los dioses; cada vez que veo una obra de ella me parece que me encuentro con un artista totalmente profesional y con años de trayectoria, pero es que ella siempre fue talentosa, siempre dibujó impresionantemente bien, siempre fue prolija, tanto en lo que hacía como en su vida personal. En eso nos diferenciamos. Tuvo problemas como todo el mundo, cuando era niña y de grande también, pero siempre fue discreta, siempre tranquila, incluso cuando más agitado estaba todo ella sabía como calmarlo. Cuando era más chica, además de su belleza, su impecable personalidad y su talento para dibujar y pintar, sabía tocar un poco el piano; recuerdo que me quedaba como hipnotizada mirando cómo sus manos chiquitas pulsaban cada tecla, sus uñas que siempre llevaba pintadas con algún color divertido que traía de Inglaterra recorrían el piano y aunque no supiera muchas piezas siempre me dejaba obnubilada. Una de las cosas que más me gustaban y me gustan de ella es que a pesar de admirarla tanto, y de sentir tal reconocimiento de mí misma en ella, nunca sentí que quería “ser” ella, o envidia, o algo parecido; era una admiración cultivada, es un amor que he aprendido a tenerle a las cosas más preciosas, como un libro bellamente escrito, una actriz particularmente lúcida o una canción linda. Un amor de alegrarse de que algo exista y de poder ser parte de eso. Un amor donde no pretendía nada a cambio, pero sin embargo lo recibía, como tiene que ser el amor de verdad, me parece.
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