domingo, 18 de septiembre de 2011

amarte ya no esta tan bueno

a veces alguien te sonríe tímidamente en un supermercado
alguien te da un pañuelo
alguien te pregunta con pasión qué día es hoy en la sala de espera del dentista
alguien mira a tu amante con envidia
alguien oye tu nombre y se pone a llorar

a veces encontrás en las páginas de un libro una vieja foto
de la persona que amás, y eso te da tremendo escalofrío
volás sobre el Atlántico a más de mil kilómetros por hora
y pensás en su boca y en su pelo
estás en una celda mal iluminada y te acordás de un día luminoso
tocás un pie y te enervás como una quinceañera
regalás un sombrero y empezás a dar gritos

a veces una muchacha canta y estás triste y la querés
un ingeniero agrónomo te saca de quicio
una sirena te hace pensar en un bombero o en un equilibrista
una muñeca rusa te incita a levantarle la falda a tu prima
un viejo pantalón te hace desear con furia y dulzura a tu amante

a veces ordenan que hagas esto o aquello y enseguida te enamorás de quien no te hace ni caso
hablan del tiempo y soñás con una chica egipcia
apagan las luces de la sala y ya buscás la mano de tu amigo

a veces esperando en un bar a que vuelva escribís un poema en una servilleta de papel muy fino
subís una escalera y pensás que sería bonito que el chico que te gusta te violara antes del cuarto piso

mirás a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo.
a veces
sólo a veces gran amor

SI TODO VUELVE A COMENZAR. bajo tolerancia.

Quiero decirlo ahora
porque si no después las cosas se complican.

Soy peor todavía de lo que muchos creen.

Me gusta justamente el plato que otro come
aburro una tras otra mis camisas
duermo como una bestia
deseo que los muebles estén más de mil años en el mismo lugar
y aunque uso tu cepillo de dientes
no quiero que te peines con mi peine
soy fuerte como un roble
pero me ando muriendo a cada rato
comprendo las cuestiones más difíciles
y no sé resolver lo que en verdad me importa.

Te explico estas cuestiones
porque si todo vuelve a comenzar
no me hagas mucho caso, acordáte.

martes, 13 de septiembre de 2011

2do capítulo de una trucha minibiografía sobre mí: Kitty

Desde el pasillo de la escuela nos miraba, muerta de miedo. Tenía el pelo largo y rubio, y una cara tan preciosa que enseguida despertó la envidia en varias de mis compañeras. “Debe ser muy tonta, porque es rubia y además es inglesa”, cuchicheaban algunas. Recuerdo que una seguro dijo “Las Malvinas son argentinas”. Lo único que yo opiné era que parecía alguien interesante de conocer. Y resultó siendo la amiga más genial que tengo hasta este momento. Kitty Ninon Anais Faingold tiene madre inglesa y padre mendocino, acababa de llegar al país y no quería, de ninguna manera, ingresar a nuestra escuela. Es tan sensible que me imagino que sintió las miradas y los comentarios que hacían todos a su alrededor; los chicos embelesados, las chicas hasta el cuello de celos. Empecé a conocerla, a quedarme a dormir en su casa; a los pocos meses ya hablaba un español bastante bueno y me enamoré platónicamente de ella. Cuando en las noches dormíamos juntas, en una suerte de posición que llamábamos “pies a cabeza” (sus pies al lado de mi cabeza y los míos de la suya) hablábamos horas y horas sobre muchas cosas, sobre música, libros, gente, y nos decíamos mutuamente que si alguna de las dos hubiese nacido hombre, habríamos tenido una relación perfecta. No era una amistad convencional. No nos propiciábamos demasiadas caricias, no teníamos absolutamente ningún otro amigo, y creábamos películas independientes las cuales creemos (ambas) que hoy en día serían un éxito tremendo. A los dieciséis años, jugando al Scrabble, una de las dos formó la palabra “Ráyese”; nos resultó tan graciosa que la unimos a la palabra “señora”. Así se formó nuestro primer y único disco, “Ráyese, señora”, y el nombre de nuestra banda, “Quiff” (pedo vaginal, según Cartman de South Park, que no veíamos nunca pero vimos ese capítulo y nos quedó grabado para siempre). El único “single” que creamos, ayudadas por el padre músico de Kitty, se llamó “No lo toques a eso”, donde hablábamos como una mujer despechada que encontró a su novio engañándola con otra chica. Nada tenía sentido, pero nos divertíamos como locas; terminamos produciendo una canción bastante buena, criticando el pop que tanto nos gusta ahora pero que en aquél entonces era poco cool; Britney Spears, los Backstreet Boys, ‘NSync, etc. Creábamos una radio, con ayuda de una casetera vieja que tenían mis padres, y grabábamos encima de los cassettes de Serrat un “top ten” de música pop y un programa de encuestas y de premios. Las películas eran lo más divertido; a Kitty le prestaban una cámara que colocábamos estratégicamente en algún lugar de manera que nos filmara a las dos; “La Mano del Cirujano Asesino” fue una de las mejores que hicimos. También filmamos un programa para antes de ir a dormir, tan bizarro como inexplicable, donde nos llamábamos Chris y Tina, y aconsejábamos al espectador una serie de cosas que son fundamentales antes de acostarse. Una vez su familia me invitó a Maitencillos, en Chile, y fue la primera vez que incluimos a otro personaje en una de nuestras producciones; la atónita y a la vez halagada empleada que limpiaba la cabaña tuvo que fingir que aquella mañana había ido la policía y habían hablado de un cuerpo hallado en la playa. Como fue la única a la que nos animamos a pedirle que participara, filmábamos desde muy lejos y con un zoom tremendo a cualquier pareja o grupo que viéramos hablando, y hacíamos las voces hablando del asesinato en sí y de todos sus pormenores. Una vez escribimos un cuento juntas, las dos sentadas a la computadora, donde nos la pasábamos inventándonos que teníamos dieciocho años y nos metíamos a salas de chat pretendiendo buscar pareja. En el cuento había un personaje, Alhuk, y dos chicas (creo) y en un momento el cuento se puso un poco erótico; recuerdo bien la escena, la chica estaba sentada y sin nada arriba en las piernas del chico, besándolo. Yo sentía una excitación muy fuerte, difícil de controlar, no sé si a Kitty le pasó lo mismo pero dejamos a un lado el cuento. Todo esto nos causaba mucha risa y nos revolcábamos en la arena, Kitty con sus ojos celestes que nunca dejaban de maravillarme y yo feliz de haber encontrado a la primera persona que me entendía, que era como yo. Para nuestros cumpleaños nos regalábamos cassettes grabados que contenían canciones desde Cher a Thalía, pasando por Groove Armada y Five. A veces veíamos películas de porno soft en The Film Zone, de esas donde aparece en la parte inferior de la pantalla que es momento de colocarse los anteojos 3D, riéndonos con una risa nerviosa y mirándonos de reojo, y aquí va algo que nunca le conté a Kitty; me excitaba con esas tontas escenas de sexo y a veces le decía que iba al baño y me masturbaba rápidamente en mi habitación, y después volvía lo más campante. Era raro, no me atraía ella sexualmente ni tampoco las mujeres u hombres que aparecían en la película, creo que era ver algo que supuestamente teníamos prohibido, algo que al fin y al cabo me causaba más risa que excitación. Ella tenía trece años y yo catorce cuando tuvimos nuestros primeros novios. Eran dos amigos que vivían en su barrio, se llamaban Fernando y Marco (nos reíamos mucho porque se llamaba Marco y no Marcos) y tiramos una moneda al aire para ver quién se quedaba con quién. A mí me tocó Fernando, que era el que nos gustaba a las dos. Después de haber elegido, nos llevaron a caminar por el barrio de la mano, y lo más tierno de todo es que ellos no se dieron cuenta, pero nosotras también estábamos cogidas de la mano, como en una comunión eterna, que ningún hombre iba a corromper jamás. Más tarde trataron de darnos un beso y sentimos tanto asco que tuvimos que excusarnos e irnos. Y eso que habíamos practicado mucho con nuestros brazos (no entre nosotras). Esa noche me quedé a dormir con Kitty, y al día siguiente se presentaron Fernando y Marco engalanados y con flores. Ella se hizo de tripas corazón, y salió al balcón y les dijo a los dos que ya no queríamos estar con ellos. Cuando volvíamos de la escuela, todos los días, nos escribíamos mails con mucho color en letra y fondo usando Outlook Express (ninguna de las dos tenía cuenta en Hotmail ni nada) sobre cómo había sido el día, lo que habíamos sentido las cosas que nos habían gustado y las que no. Creo que si nunca hubiesen habido más hombres en nuestras vidas, habríamos cumplido nuestro pacto, que era casarnos si las dos seguíamos solas a los cuarenta años. Kitty es, toda ella, un placer. Tiene una cara muy nórdica, los ojos rasgados y de un celeste límpido y brillante, una sonrisa amable y unas pecas que cuando era más chica odiaba y con las cuales se fue amigando. Estudió arte y pinta como los dioses; cada vez que veo una obra de ella me parece que me encuentro con un artista totalmente profesional y con años de trayectoria, pero es que ella siempre fue talentosa, siempre dibujó impresionantemente bien, siempre fue prolija, tanto en lo que hacía como en su vida personal. En eso nos diferenciamos. Tuvo problemas como todo el mundo, cuando era niña y de grande también, pero siempre fue discreta, siempre tranquila, incluso cuando más agitado estaba todo ella sabía como calmarlo. Cuando era más chica, además de su belleza, su impecable personalidad y su talento para dibujar y pintar, sabía tocar un poco el piano; recuerdo que me quedaba como hipnotizada mirando cómo sus manos chiquitas pulsaban cada tecla, sus uñas que siempre llevaba pintadas con algún color divertido que traía de Inglaterra recorrían el piano y aunque no supiera muchas piezas siempre me dejaba obnubilada. Una de las cosas que más me gustaban y me gustan de ella es que a pesar de admirarla tanto, y de sentir tal reconocimiento de mí misma en ella, nunca sentí que quería “ser” ella, o envidia, o algo parecido; era una admiración cultivada, es un amor que he aprendido a tenerle a las cosas más preciosas, como un libro bellamente escrito, una actriz particularmente lúcida o una canción linda. Un amor de alegrarse de que algo exista y de poder ser parte de eso. Un amor donde no pretendía nada a cambio, pero sin embargo lo recibía, como tiene que ser el amor de verdad, me parece.

lunes, 12 de septiembre de 2011

1er capítulo de una minitruchabiografía sobre mí

Cuando en cuarto grado me pidieron que escribiera sobre mi aspecto físico, escribí, en una cursiva redonda y grandota: “Soy petisa, casi la última de la fila. Tengo las orejas chicas, el pelo castaño y la nariz finita”. Fui una niña bastante triste e introspectiva, me gustaba sentirme sociable pero no lo era, y mis compañeras de primaria me la hicieron muy difícil. Se ensañaban conmigo en las cosas más estúpidas, y se portaban de manera muy cruel. Sólo en sexto grado, cuando tenía casi 12 años, se apareció como en el medio de una nube mágica una alumna extranjera seis meses más chica que yo, escrutándonos a todos en el momento en que izábamos la bandera, con su belleza casi inverosímil y sus pantalones cargo, anchos y llenos de bolsillos. Lo primero que me dijo fue “un poquitou”, en respuesta a mi pregunta sobre si hablaba algo de español.
También fui una niña intensa. Me gustaba sentirme una víctima del mundo hostil, personificado tanto por mis padres como por mis compañeras y las autoridades de todo tipo que regían mi vida. Cuando vivía en la 5ta sección tenía hábitos muy extraños. Me gustaba que, por la noche, antes de acostarme y acostarnos todos en la casa (yo tenía 5 años, no recuerdo si mi hermana Emilia había nacido todavía o no) todo, absolutamente todo quedara en su lugar. Pero no es que fuera ordenada; simplemente había sistematizado un orden cotidiano en las cosas, por ejemplo, los cepillos de dientes tenían que quedar guardados en el vasito, y los almohadones de los sillones iban acomodados de tal manera, etc. Cuando esto se tornaba casi insoportable (mi mamá me cuenta que a veces corría a su habitación a pedirle que por favor me ayudara a dejar de ordenar), recurría a una práctica por demás agobiante. Miraba al techo, juntaba las manos y repetía: “Ruego a dios y a la virgen que no voy a levantarme a ordenar. Si no respeto este juramento, dios se verá obligado a castigarme con la muerte de mi mamá”. Habiendo dicho esto, el miedo y la culpa de levantarme a poner el cepillito en su lugar se convertían en un hastío difícil de aguantar. Me llevaron a la primera psicóloga a la que fui en mi vida, cuyo tratamiento consistió en jugar y hablar de cosas que no recuerdo, pero el caso es que por lo menos ese comportamiento obsesivo desapareció. Lo que nunca desapareció fue el recuerdo de estar en el medio de la cama, con las manos bien juntitas sobre el pecho, rezándole a un dios en el que no creía y creí jamás, prometiéndole que no haría cosas que deseaba hacer con toda el alma.
Me gustaba visitar la finca del mejor amigo de mi papá, que se llama Julio y está casado con su esposa, que se llama Blanca Rosa pero siempre le dijimos Piti. Por muchas razones. Los atardeceres y amaneceres. Los juegos. C

on mi hermana Emilia nos pasábamos toda la tarde jugando con sus hijos, a los que llamamos “primos”, Diego y Yiya. Otra era que cerca de la finca vivía una familia muy humilde a la que solíamos llevar comida y ropa, cuya “jefa” era una mujer con la piel muy curtida por el sol y una sonrisa dibujada en la cara como un tatuaje permanente; Martina. Martina tenía muchos perros, casi incontables; cuando éramos muy chicos Diego y yo nos pasábamos tardes enteras en su casa comiendo tortitas y poniéndoles nombres a los perros, eligiendo cuál sería el suyo y cuál me correspondería a mí. Los que más vivieron fueron Negro, una mezcla de cualquier cosa que resultó precioso, medio galgo y medio doberman (aplastado en la ruta) y Lobo (mismo destino), uno más petiso y lanudo; me sorprendió haber ido a la finca por última vez a los dieciocho, diecinueve años y que Lobo siguiera vivo, con el pelo hecho una maraña y reconociéndome todavía. Como los perros eran muy guardianes también teníamos otros juegos. Martina vivía al lado de una iglesia, a un kilómetro de la finca; todo estaba lleno de plantaciones de ajo (me gustaba, me gusta mucho el olor a ajo) y había un sendero de piedra por el que caminábamos hacia su casa. Nos gustaba acercarnos y que los perros no pudieran olernos; nos gustaba ir despacito, casi agazapados, y que los once o doce perros levantaran las orejas desde lejos y empezaran a correr. Ahí nos volvíamos locos y la adrenalina fluía como cuando uno se lleva un gran susto. Corríamos levantando polvo hacia la finca, gritándonos, Diego de la mano de su hermana Yiya y yo instando a Emilia a que corriera más rápido; los ladridos de los perros se mezclaban con el olor al ajo y los rayos del sol, que pegaban fuerte en el sendero. Una vez uno de los perros mordió a Emilia en el talón; no le hizo nada, pero ya no nos permitieron jugar más a eso.
Como dije antes, Martina vivía al lado de una iglesia abandonada. Era muy pequeñita y tenía los vidrios rotos. Lo más interesante era que adentro había una tumba; ojalá recordara el nombre, el año, algo, pero lo único que me acuerdo es que nos sentábamos los cuatro alrededor, niños cavilando sobre la muerte y la putrefacción, y muchas veces intentamos levantar la inscripción, lográndolo sólo lo suficiente como para meter un palo largo y no tocar el cadáver descompuesto que pensábamos encontrar. “Cuando uno se muere, y lo entierran y pasa mucho tiempo, se transforma en polvo”, explicábamos Diego y yo a nuestras muy decepcionadas hermanas. Con el tiempo, varias familias ocuparon la iglesia, y sólo pudimos acercarnos un poco y verlos a través de las ventanas rotas, todos cubiertos con frazadas y con caras que parecían del mismo polvo que encontramos en la tumba.
En la finca jugábamos a otras cosas. Caminando un poco se llegaba a la ruta, por la que pasaban muchos camiones. Había un puente y nos gustaba (pero este juego era sólo para Diego y para mí, las hermanas menores no lo conocían) sentarnos bajo el puente y sentir las vibraciones de los camiones al pasar. A veces no era suficiente para mí; convencía a Diego de subir a la ruta, y acostarnos en el medio del asfalto hirviendo, con los ojos cerrados. El otro tenía que advertirle al que estaba acostado cuando se acercaba un camión; de cualquier manera siempre lo sentíamos, las vibraciones eran como un temblor fuerte, y el asfalto quemaba y todo junto producía una deliciosa mezcla de satisfacción y de estar haciendo algo prohibido que me estremecía entera. Después volvíamos los dos calladitos a la finca, sintiendo que habíamos estado al borde de la muerte, y tomábamos la mediatarde con los demás, que siempre permanecían ajenos a nuestra fantástica experiencia. Creo que nuestros padres aún no saben que hacíamos esto; tal vez se los cuente algún día, o lean lo que estoy escribiendo, de cualquier forma no sé si les interesará, pero a mí me parecía precioso, me echaba en el asfalto y miraba el sol, y poco a poco comenzaba a sentir bajo mi cuerpo las sacudidas mientras Diego, que es más chico y se asustaba un poco más, me gritaba “’¡Julia, corréte que ya viene un camión!”.
Cuando era chica escribí miles de cuentos e hice un montón de dibujos, pero me he mudado tantas veces que no sé dónde habrán quedado todas esas cosas. Recuerdo que en mis cuentos los personajes se llamaban Mary Ann, Joshua, Anthony, Kate; cuando escribía un cuento en donde alguien se llamaba Roberto o Valentina, era porque era un cuento serio y de verdad. En los otros, que generalmente se trataban de amor, Michelle era una hermosa chica que conocía a Nicholas, y juntos atravesaban miles de obstáculos hasta lograr una relación perfecta, que culminaba en el casamiento a los dieciséis años (cuando una escribe a los ocho años, dieciséis parece imposible, parece que faltaran siglos). Una vez escribí un cuento que se llamó “Mi amigo interplanetario” y que mis padres mostraron a muchos de sus amigos, lo cual me dio la pauta de que había escrito algo bueno. Se trataba de un alienígena al que todos discriminaban en el colegio porque tenía la piel un poco azulada, los ojos un poco demasiado verdes; en fin, que era raro en todo sentido, no le gustaba jugar al fútbol ni a nada a lo que jugaban los otros chicos, pero resulta que uno de los niños se interesaba por él y se hacían grandes amigos. El alienígena debía volver a su tierra, pues se hallaba en nuestro planeta sólo para coleccionar información sobre casi todas las cosas, desde la cantidad de ríos que hay en el mundo hasta la comida favorita de los gatos. El amigo a quien conocía en el colegio lo ayudaba a buscar toda la información posible, y como muestra de agradecimiento y amistad el alienígena le obsequiaba un manual sobre su propio planeta, que no era Marte ni Júpiter sino uno inventado por mí, en donde todo era azul y precioso. Y el chico no le mostraba ese manual a nadie. Nunca.


yo soy tu gatita tu gatita la que te explota como dinamita

esto lo escribí cuando me regalaron una planta por primera vez

una página en blanco representa un desafío. 17 años, un colchón finiiito finiiito, un micro que milagrosamente pasa cuando ya no debería pasar. Un chofer que pregunta, "'¿te echaron de la casa?", una respuesta que no sabe qué ser. Un departamento vacío y el colchón en la habitación, un par de frazadas. En el teléfono público llamo a la única persona con la que puedo hablar de esto, que me dice ' es un GRAN cambio. Nunca más vas a volver a esa casa'. Resulta ser una predicción acertada. Una vez leí o vi en una película o algo así que solo un grupo de personas constituyen un hogar, que sin ese grupo no existe el lugar-hogar. Que hay que formar una familia para que un lugar sea un hogar. Así durante varios años, unos mejores que otros, amigas que se convirtieron en familia. Mudanzas, bastantes, los mismos pósters de Arcimboldo, se perdió el que representa el invierno pero los otros tres han seguido, están manchados y rotos y una amiga me dijo que por qué no los arreglaba un poco. Me parece que me gustan así. Esa amiga me regaló un pececito imán para la heladera. Me gusta mucho. Otra me regaló un plato, una varios dibujos de ella, otra un vaso con un holograma de spiderman. De a poco el lugar se llena de cosas, pequeños muebles (es tan lindo, y que me tilden de materialista si quieren, comprar algo con la plata que uno ha ganado, un mueble, llegás a tu casa y lo ubicás y no podés dejar de mirarlo por un rato), se llena de fotos, un televisor de los '70 que anda perfecto, un colchón en el suelo más cómodo que ningún otro. Se llena de ruido, amigos, gente. Todavía no es un hogar. Sorpresivamente me regalan una planta; la planta lo cambia todo. La planta tiene un nombre bonito, pertenece a una familia que se llama suculenta o algo así, es de esas plantas cuyas hojas son gruesas porque adentro tienen mucha agua. Cada vez que llego a mi casa ahora siento que me espera la planta. La planta está viva, responde a estímulos, la riego demasiado porque la quiero cuidar mucho, a veces cuando el amor es demasiado grande no se puede suministrar, la cosa/persona amada no está preparada para recibir tanto. Sin embargo ahí sigue la planta, soy tan estúpida que le hablo. Nunca había tenido una planta porque no soy buena para ordenar ni limpiar cosas y nunca pensé que iba a poder cuidar de una planta o una mascota. Pero allí está. A veces la acaricio. Siento que el tiempo debería haberme endurecido, debería haber reforzado mi 'coraza' externa pero soy susceptible a la planta. Y me gusta, es ver un poco más allá de las personas. Todo esto suena muy pelotudo. He vivido muchas cosas y a la vez nada. Pero alguien que me conoce íntimamente y sabe que no soy buena para mantener un lugar limpio y ordenado me confió una planta. Es lo más cercano que he sentido a un hogar hace muchísimo tiempo. Thank you.

gracias raymond carver

La hora de la tarde en la que los objetos parecen más cercanos, más tangibles, en la que ciertas cosas parecen posibles pero sólo por el hecho de que todo puede parecer sin ser. El reflejo del sol se escurre por el suelo y la penumbra va imponiéndose, dejando una sensación de sutil melancolía, de algo que falta, de algo que nunca estuvo. Hay pequeñas cosas que se pueden hacer a esa hora, para mitigar un poco la tristeza. Despintarse las uñas y pintarlas de otro color. Bañarse, arreglarse el pelo, ver televisión, escuchar música. Una vez hablé con un amigo sobre que hay que subirse a un micro cuando llega la tarde e ir a cualquier parte. Vivir solo es cuestión de entretenerse. Pero no se puede engañar a la tarde. Es como si fuera obligatorio tener que mirarla convertirse en noche, como si lo único legítimo y genuino que existiese para hacer fuera sentarse frente a la ventana y ver cómo se desvanece la luz. También se puede escribir lo que se siente, se puede pero en ese trayecto que parece tan corto desde la mente a los dedos que pulsan el teclado se pierde tanto que no se sabe cómo decir. Es en el estómago. En la garganta. Es necesitar menos gente y más compañía. Poder sentir que un abrazo vale lo que un abrazo se supone que tiene que valer. Las demostraciones de afecto son tan inútiles. Es necesario fundirse, carne con carne, fundirse en una sangrienta batalla de comprensión. Las palabras se deslizan por mis dedos y no sé si conectan bien una con otra, si la sintaxis es correcta, si hay faltas de ortografía. Pero no es importante. Necesitaba describir la sensación de necesitar. Carne con carne, me gustaría poder cortarme por la mitad y cortar a otra persona y coser las dos partes. A veces cuando hablo con mi mamá y nos miramos y entendemos es como si pasara algo así. Cuando ella me abraza es casi como esa comprensión que escribo que estoy necesitando. Pero ¿se puede lograr con un hombre, una mujer, una pareja? Parece imposible. Es la edad de la joda, de la diversión, del sexo, de las fiestas. Quisiera tener cuarenta años, o diez. Cuando tenía diez años creía que existía alguien perfecto para cada persona, y que la gente se casaba a los dieciséis. Quiero sentir lo mismo ahora que tengo veinticinco. Quiero casarme a los dieciséis. Hubo una vez en la que creo que me encontré a mí misma. Estaba en la playa y tenía quince años, era la noche de año nuevo y habíamos ido con toda la familia a hacer un fogón. En un momento me alejé del grupo y me acosté en la arena fría, en el medio de unas plantas. Hacía muchísimo frío y sólo se escuchaba el rumor del mar y se percibía el brillo de las estrellas en la superficie del agua. Todo era superficie, arena, agua, cielo. Creo que en ese momento estaba exactamente donde quería estar. Hace muchísimo que no estoy donde quisiera estar, pero esa noche, esos primeros minutos del año 1999 yo estaba justo ahí. Estaba exactamente
                                                                              Donde quería
                                                                                                              Estar.