Cuando en cuarto grado me pidieron que escribiera sobre mi aspecto físico, escribí, en una cursiva redonda y grandota: “Soy petisa, casi la última de la fila. Tengo las orejas chicas, el pelo castaño y la nariz finita”. Fui una niña bastante triste e introspectiva, me gustaba sentirme sociable pero no lo era, y mis compañeras de primaria me la hicieron muy difícil. Se ensañaban conmigo en las cosas más estúpidas, y se portaban de manera muy cruel. Sólo en sexto grado, cuando tenía casi 12 años, se apareció como en el medio de una nube mágica una alumna extranjera seis meses más chica que yo, escrutándonos a todos en el momento en que izábamos la bandera, con su belleza casi inverosímil y sus pantalones cargo, anchos y llenos de bolsillos. Lo primero que me dijo fue “un poquitou”, en respuesta a mi pregunta sobre si hablaba algo de español.
También fui una niña intensa. Me gustaba sentirme una víctima del mundo hostil, personificado tanto por mis padres como por mis compañeras y las autoridades de todo tipo que regían mi vida. Cuando vivía en la 5ta sección tenía hábitos muy extraños. Me gustaba que, por la noche, antes de acostarme y acostarnos todos en la casa (yo tenía 5 años, no recuerdo si mi hermana Emilia había nacido todavía o no) todo, absolutamente todo quedara en su lugar. Pero no es que fuera ordenada; simplemente había sistematizado un orden cotidiano en las cosas, por ejemplo, los cepillos de dientes tenían que quedar guardados en el vasito, y los almohadones de los sillones iban acomodados de tal manera, etc. Cuando esto se tornaba casi insoportable (mi mamá me cuenta que a veces corría a su habitación a pedirle que por favor me ayudara a dejar de ordenar), recurría a una práctica por demás agobiante. Miraba al techo, juntaba las manos y repetía: “Ruego a dios y a la virgen que no voy a levantarme a ordenar. Si no respeto este juramento, dios se verá obligado a castigarme con la muerte de mi mamá”. Habiendo dicho esto, el miedo y la culpa de levantarme a poner el cepillito en su lugar se convertían en un hastío difícil de aguantar. Me llevaron a la primera psicóloga a la que fui en mi vida, cuyo tratamiento consistió en jugar y hablar de cosas que no recuerdo, pero el caso es que por lo menos ese comportamiento obsesivo desapareció. Lo que nunca desapareció fue el recuerdo de estar en el medio de la cama, con las manos bien juntitas sobre el pecho, rezándole a un dios en el que no creía y creí jamás, prometiéndole que no haría cosas que deseaba hacer con toda el alma.
Me gustaba visitar la finca del mejor amigo de mi papá, que se llama Julio y está casado con su esposa, que se llama Blanca Rosa pero siempre le dijimos Piti. Por muchas razones. Los atardeceres y amaneceres. Los juegos. C
on mi hermana Emilia nos pasábamos toda la tarde jugando con sus hijos, a los que llamamos “primos”, Diego y Yiya. Otra era que cerca de la finca vivía una familia muy humilde a la que solíamos llevar comida y ropa, cuya “jefa” era una mujer con la piel muy curtida por el sol y una sonrisa dibujada en la cara como un tatuaje permanente; Martina. Martina tenía muchos perros, casi incontables; cuando éramos muy chicos Diego y yo nos pasábamos tardes enteras en su casa comiendo tortitas y poniéndoles nombres a los perros, eligiendo cuál sería el suyo y cuál me correspondería a mí. Los que más vivieron fueron Negro, una mezcla de cualquier cosa que resultó precioso, medio galgo y medio doberman (aplastado en la ruta) y Lobo (mismo destino), uno más petiso y lanudo; me sorprendió haber ido a la finca por última vez a los dieciocho, diecinueve años y que Lobo siguiera vivo, con el pelo hecho una maraña y reconociéndome todavía. Como los perros eran muy guardianes también teníamos otros juegos. Martina vivía al lado de una iglesia, a un kilómetro de la finca; todo estaba lleno de plantaciones de ajo (me gustaba, me gusta mucho el olor a ajo) y había un sendero de piedra por el que caminábamos hacia su casa. Nos gustaba acercarnos y que los perros no pudieran olernos; nos gustaba ir despacito, casi agazapados, y que los once o doce perros levantaran las orejas desde lejos y empezaran a correr. Ahí nos volvíamos locos y la adrenalina fluía como cuando uno se lleva un gran susto. Corríamos levantando polvo hacia la finca, gritándonos, Diego de la mano de su hermana Yiya y yo instando a Emilia a que corriera más rápido; los ladridos de los perros se mezclaban con el olor al ajo y los rayos del sol, que pegaban fuerte en el sendero. Una vez uno de los perros mordió a Emilia en el talón; no le hizo nada, pero ya no nos permitieron jugar más a eso.
Como dije antes, Martina vivía al lado de una iglesia abandonada. Era muy pequeñita y tenía los vidrios rotos. Lo más interesante era que adentro había una tumba; ojalá recordara el nombre, el año, algo, pero lo único que me acuerdo es que nos sentábamos los cuatro alrededor, niños cavilando sobre la muerte y la putrefacción, y muchas veces intentamos levantar la inscripción, lográndolo sólo lo suficiente como para meter un palo largo y no tocar el cadáver descompuesto que pensábamos encontrar. “Cuando uno se muere, y lo entierran y pasa mucho tiempo, se transforma en polvo”, explicábamos Diego y yo a nuestras muy decepcionadas hermanas. Con el tiempo, varias familias ocuparon la iglesia, y sólo pudimos acercarnos un poco y verlos a través de las ventanas rotas, todos cubiertos con frazadas y con caras que parecían del mismo polvo que encontramos en la tumba.
En la finca jugábamos a otras cosas. Caminando un poco se llegaba a la ruta, por la que pasaban muchos camiones. Había un puente y nos gustaba (pero este juego era sólo para Diego y para mí, las hermanas menores no lo conocían) sentarnos bajo el puente y sentir las vibraciones de los camiones al pasar. A veces no era suficiente para mí; convencía a Diego de subir a la ruta, y acostarnos en el medio del asfalto hirviendo, con los ojos cerrados. El otro tenía que advertirle al que estaba acostado cuando se acercaba un camión; de cualquier manera siempre lo sentíamos, las vibraciones eran como un temblor fuerte, y el asfalto quemaba y todo junto producía una deliciosa mezcla de satisfacción y de estar haciendo algo prohibido que me estremecía entera. Después volvíamos los dos calladitos a la finca, sintiendo que habíamos estado al borde de la muerte, y tomábamos la mediatarde con los demás, que siempre permanecían ajenos a nuestra fantástica experiencia. Creo que nuestros padres aún no saben que hacíamos esto; tal vez se los cuente algún día, o lean lo que estoy escribiendo, de cualquier forma no sé si les interesará, pero a mí me parecía precioso, me echaba en el asfalto y miraba el sol, y poco a poco comenzaba a sentir bajo mi cuerpo las sacudidas mientras Diego, que es más chico y se asustaba un poco más, me gritaba “’¡Julia, corréte que ya viene un camión!”.
Cuando era chica escribí miles de cuentos e hice un montón de dibujos, pero me he mudado tantas veces que no sé dónde habrán quedado todas esas cosas. Recuerdo que en mis cuentos los personajes se llamaban Mary Ann, Joshua, Anthony, Kate; cuando escribía un cuento en donde alguien se llamaba Roberto o Valentina, era porque era un cuento serio y de verdad. En los otros, que generalmente se trataban de amor, Michelle era una hermosa chica que conocía a Nicholas, y juntos atravesaban miles de obstáculos hasta lograr una relación perfecta, que culminaba en el casamiento a los dieciséis años (cuando una escribe a los ocho años, dieciséis parece imposible, parece que faltaran siglos). Una vez escribí un cuento que se llamó “Mi amigo interplanetario” y que mis padres mostraron a muchos de sus amigos, lo cual me dio la pauta de que había escrito algo bueno. Se trataba de un alienígena al que todos discriminaban en el colegio porque tenía la piel un poco azulada, los ojos un poco demasiado verdes; en fin, que era raro en todo sentido, no le gustaba jugar al fútbol ni a nada a lo que jugaban los otros chicos, pero resulta que uno de los niños se interesaba por él y se hacían grandes amigos. El alienígena debía volver a su tierra, pues se hallaba en nuestro planeta sólo para coleccionar información sobre casi todas las cosas, desde la cantidad de ríos que hay en el mundo hasta la comida favorita de los gatos. El amigo a quien conocía en el colegio lo ayudaba a buscar toda la información posible, y como muestra de agradecimiento y amistad el alienígena le obsequiaba un manual sobre su propio planeta, que no era Marte ni Júpiter sino uno inventado por mí, en donde todo era azul y precioso. Y el chico no le mostraba ese manual a nadie. Nunca.
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